Death Rally fue el primer juego de Remedy, la compañía responsable de sagas míticas como Max Payne y Alan Wake. Su estreno en el desarrollo de videojuegos viene de la mano de este modesto título, cuya virtud se encontraba en una jugabilidad mortalmente adictiva.


En 1996, en un momento donde estaba desatada la fiebre por los gráficos 3D, Remedy se lanzó al mercado con un título que dejaba un poco de lado la parte gráfica para apostarlo todo a la jugabilidad.

¿Jugar limpio? No, gracias

Como su propio nombre indica, Death Rally iba más allá de las carreras de velocidad. Era un combate sobre ruedas. Los coches recibían daño y podíamos acabar con nuestros oponentes o ser eliminados por ellos antes de que terminase la carrera. Para hacerlo más interesante, los vehículos traían de serie una ametralladora y podíamos equiparlos con otro armamento como pinchos en el parachoques o minas explosivas. Incluso podíamos realizar sabotajes, previo pago, antes de una carrera para que alguno de nuestros oponentes empezara con menos vida.

Acabar con los rivales tenía premio. Si un corredor no terminaba la carrera no puntuaba en la clasificación, lo que te permitía ascender con mayor rapidez. Pero, si acababas con todos tus rivales de carrera recibías también un premio económico, para facilitarte adquirir nuevos vehículos o mejorar las prestaciones de tu coche. Existía la opción de jugar sin armas, pero jugar así a un título que se llama Death Rally es como pedir una ensalada en el Burger King.


No tan mortal

A pesar de la grandilocuencia de llamarse ‘la carrera de la muerte’, lo cierto es que nadie moría. Aunque los coches fueran destruidos, los corredores volvían sanos y salvos a la siguiente carrera. Lo mismo ocurría contigo. En realidad, el verdadero peligro de Death Rally no era morir, sino quebrar. Los daños al coche se mantenían tras la carrera y repararlos costaba dinero, lo que significa que podías llegar a quedarte sin fondos para arreglarlo, acabando ahí la partida y obligándote a cargar una anterior que tuvieras guardada.


Acción y nada más

La historia en Death Rally era inexistente. Se trataba de un juego sencillo en el que entrabas directamente a jugar. No había ningún tipo de argumento ni introducción que te explicara qué hacías allí. Solo una pequeña cinemática de una carrera, tu coche y una ametralladora adosada a la carrocería. Era todo lo que necesitabas saber para empezar.

El objetivo era llegar a la primera posición de una liga de 20 corredores. Había tres carreras por nivel de dificultad que podíamos seleccionar. Cuanto más difícil fuera la carrera, más puntos y premios económicos obteníamos por victoria. Sin embargo, para poder aspirar a puntuar en carreras de mayor dificultad, necesitábamos comprar vehículos más veloces y mejoras de rendimiento. Entrar en una carrera con un coche que no fuera lo suficientemente potente era una pérdida de tiempo, ya que iba a ser imposible ganar y solo podía traernos gastos derivados de reparar el vehículo.



Gráficos resultones en 2.5 D

Death Rally no es un título que destacase por sus gráficos, pero solventaba la papeleta con dignidad. Los vehículos consistían en sprites 2D, que se movían sobre una pista con elementos poligonales. Desde la perspectiva aérea transmitía una falsa sensación tridimensional que bastaba para cubrir el trámite. El display de carrera, que nos mostraba los daños y las posiciones, si que tenía un aspecto anticuado con diseños bastante toscos y un indicador de daños que nos mostraba visualmente el deterioro del coche. No obstante hay que remarcar que los menús del juego estaban mejor conseguidos, con unos diseños y animaciones mucho más limpias.